Cómo manejar la ira

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Una de las emociones que resulta más difícil de manejar es sin duda, la ira. Tanto si somos nosotros los que nos sentimos enfadados como si nos tenemos que enfrentar a alguien que proyecta sobre nosotros su rabia, seguramente nos encontraremos en una situación realmente compleja, donde es muy fácil perder la perspectiva y actuar de una manera que más tarde podemos lamentar.

Es conveniente distinguir dos tipos de ira, aquella que viene motivada por circunstancias presentes y la que tiene su origen en el pasado.

El enfado que surge ante algo que nos está ocurriendo en este momento es una reacción natural ante determinadas circunstancias que nos desbordan, como por ejemplo una agresión de la que estamos siendo víctimas. Este tipo de enfado es una energía muy pura y primaria que nos permite defender nuestra individualidad frente a lo que sentimos como una agresión externa. Por supuesto, es una emoción sana y necesaria para nuestra supervivencia.

Podemos equiparar esta ira a fenómenos naturales como los terremotos. Son acontecimientos violentos en los que la naturaleza busca de algún modo recuperar un equilibrio perdido, deshacer la tensión estructural en las placas que forman la corteza de nuestro planeta. Cuando la tensión se libera, todo vuelve a la calma. La ira momentánea es de breve duración y ajustada a los hechos que la producen. Una vez liberada, se desvanece en poco tiempo.

Existe, como se ha indicado, otro tipo de ira que está más relacionado con hechos del pasado que con las circunstancias presentes. Aunque este tipo de ira viene también motivado por algo que sucede en este momento, el suceso que desencadena el brote de rabia no es más que la punta de un gran iceberg de rabia acumulada. En este segundo tipo de enfado se da con mucha frecuencia la sobreactuación. Ante un suceso menor, la reacción de ira suele ser desproporcionadamente violenta.

En diversas prácticas espirituales se considera que este segundo tipo de rabia, junto a la ignorancia y el egoísmo, es una de las tres raíces que causan el sufrimiento. Así que el primer paso para trabajar conscientemente con este estado de ánimo consiste en reconocerlo cuando se presenta y entender su naturaleza nociva.

Para muchas personas, aceptar que pueden enfadarse es algo difícil de asumir, por más que esta sea una emoción que todos sentimos en muchos momentos de nuestra existencia. En cambio, otros son incapaces de reconocer el carácter tóxico de su rabia, aunque esté dañando seriamente sus relaciones personales.

A continuación, es conveniente entender las auténticas raíces de ese enfado. Esto implica pararse y reflexionar, con la cabeza fría, qué aspectos de nuestra vida no están funcionando como desearíamos. Ante la tentación fácil de culpar a los demás, hay que reconocer cuál es nuestra cuota de responsabilidad en todo lo que nos sucede.

Cuando se profundiza un poco, generalmente descubrimos que la rabia acumulada suele tener como origen el miedo, y que nuestro ego está implicado en su crecimiento. Pero sea cual sea el origen, es importante descubrir cuál es, buscando consejo terapéutico si es necesario.

En muchas ocasiones, la rabia, aunque molesta, tiene una parte seductora. En vez de valorar lo bueno de cualquier situación, encontramos un secreto placer en encontrar lo que no funciona, lo que no es correcto, lo que no nos gusta. Valorar lo bueno, evitar la crítica, desear el bien, son formas de deshacernos de este tipo de enfado.

Otras estrategias útiles para trabajar con la rabia acumulada son las siguientes:

Sana las causas reales de dicha emoción, como por ejemplo, una relación de pareja que no funciona, un trabajo que no nos satisface o la incapacidad de decir “no” a tiempo.
No permitas que los sentimientos negativos crezcan, desarrollando más paciencia y comprensión hacia los demás. A veces basta con apartarse un poco, con dejar pasar unos días, con hablar de un modo sereno, para que la tensión se reduzca considerablemente.
Vigila tu nivel de tolerancia a la frustración. Hay que aceptar que hay muchas cosas que no podemos controlar y que en esta vida no vamos a conseguir todo lo que deseamos.
Expresar la rabia reprimida golpeando objetos o gritando tiene poca utilidad, más bien refuerza este tipo de sentimientos. Técnicas como la relajación o la meditación son más apropiadas.
Si la rabia degenera en violencia: busca protección si eres la víctima o busca ayuda terapéutica si eres el perpetrador. La violencia física o verbal es una línea roja que nunca se debe traspasar.
Hay que ser valiente para ser compasivo. Es más fácil romper algo que construirlo. Al final, todos somos humanos, todos fallamos alguna vez.

 

Por: Octavio Deniz